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Conozca a Jon Dinning, un voluntario de los Cuerpos de Paz de 25 años, quien ha probado dos lados diferentes de la vida en El Salvador: en el campo, cría conejos en las pequeñas fincas de Tacuba para combatir el hambre que sufre esa región; en la capital, se viste de traje y toca la tuba con la Orquesta Sinfónica Nacional.

Un viaje a través de la música y del “pueblo”

Está sentado muy quieto, en silencio, sin nervios y luce elegante en su traje. Sostiene la tuba a su lado y se prepara para que se levante el telón. Escucha los primeros acordes con una cara seria, como si saboreara cada nota, como si la música fuera una cierta ceremonia. El teatro está lleno y esta noche es la vez última que él toca con la orquesta.

Mañana estará de nuevo en “el pueblo”, cuidando de los conejos que está criando con la gente de Tacuba para ayudar a mitigar su hambre. John Dinning, de 25 años, ha estado en El Salvador por un año como un voluntario de los Cuerpos de Paz. Vive en el caserío Las Pozas del canton El Cincuyo, en la pequeña ciudad occidental de Tacuba.

Localizada en Ahuachapán, a unas 75 millas de San Salvador, Tacuba fue uno de los territorios más dañados del país durante los terremotos de 2001.

John participó tocando la tuba en los conciertos de la semana pasada de la Orquesta Sinfónica Nacional, un emocionante, inesperado pero breve encuentro con su pasión original, la música.
Después de graduarse de la universidad, en 2001, en donde estudió voz y tuba, John se unió a un coro de hombres y tuvo la oportunidad de actuar en la Catedral Nacional en Washington e incluso en la Casa Blanca. Un año más tarde se encontró en una oficina de los Cuerpos de Paz firmando para ir al extranjero con la intención de “ampliar su visión de cómo vive la gente fuera de los Estados Unidos, para aprender y para ayudar”. Y sí que ha hecho todo eso.

Juan o don Juan, como lo llaman sus vecinos en Tacuba, ahora camina cómodo en los caminos de polvo que llevan a los diversos caseríos del poblado. El único “gringo” alrededor, John ha descubierto que ama lo bienvenido que lo hace sentir la gente de Tacuba, que no es tan diferente de otra gente. “He aprendido mucho, pero una de las cosas que más me ha impactado es cómo la gente es similar en todas partes, la gente es la misma sin importar dónde vive o cómo”, dice.

Su experiencia con la Orquesta Sinfónica no fue su único encuentro con música en El Salvador. “Hay mucha música en el pueblo”, dice refiriéndose a Tacuba. Hay un cuarteto de cuerdas que tocan instrumentos fabricantes por uno de los aldeanos, y sus vecinos, muy religiosos, constantemente convierten cada reunión social en una ocasión para la canción y el rezo. John incluso tuvo la oportunidad de dar algunas clases de trombón a los chicos de la escuela local. Los mismos chicos que van a recordar, dentro de algunos años, los días en su casa cuando Juan les lee las historias de los libros para niños que compra en tiendas de segunda mano. Mientras el proyecto de los conejos crece y la gente de Tacuba se alimenta de lo que han aprendido de John, su esperanza es que él podrá culminar su trabajo allí y conseguir la autorización de pasar otro año en este país alimentando a otros con un tipo diferente de alimento: tocando música con la orquesta.

 

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